Visto lo aburrido que anda el verano en términos de actualidad y recuperando viejos textos almacenados en carpetas que ni recordaba, he aquí un poco de literatura en forma de relato corto.
-Deberías acercarte, Descartes. Acercarte y susurrarle al oído. No sé, susurrarle que se le ve aburrida, y que tú tienes más diversión en los bolsillos de la que ese cachas coloreado podría soñar con proporcionarla.
-Atiende Pitágoras: tú deberías callarte. Callarte y no dar consejos porque hasta el momento como voz de mi conciencia no has dejado de acertar, eres molesto a la par que insistente. Ese armario ropero con el que esta no parece que sea amigo de efebos y muchachos en edad de instruir.
-¿Entonces vas a quedarte mirando toda la noche? – Dio un trago del oscuro mejunje que apenas cubría ya los hielos del vaso de tubo.
-Me sorprende esta arrebato tuyo de atrevimiento, cuando normalmente tu prudencia raya en la cobardía. ¿Es el alcohol o qué a la guerra van otros?
-No lo entenderías, pero te veo ahí plantado acudiendo inocentemente a tu propia feria del sufrimiento y las lamentaciones. Lo digo porque me preocupo por ti que esas en edad de reproducirte aunque con escaso éxito hasta el momento.
-Te lo agradecería si no tuviera ganas de sacudirte. – Dejo el vaso medio lleno en la barra – Y aunque errado no estas no es prudente hacerte caso cuando tienes la lengua de trapo.
-No es por el alcohol que manejo. Es porque en las barras de los bares se hacen los hombres.
-No hace falta que me lo jures, para que luego les tiemblen las rodillas al salir a la fresca. – Levanto el brazo para hacerse ver por encima de la concurrencia al tiempo que gritaba – ¡Camarero!
-¿Cómo dices que se llama?
-Matilde. Pero yo soy más de pensar que se llama Elsa. No como la Elsa Pataky que parece una muñeca que se te rompa en las manos, sino como Elsa Anka, que para eso se da un aire.
- Tú piensa, y sueña, y suspira, que ya va el otro a ensuciarse. – Mirando con irritación al camarero que vacio le mantenía el vaso alzo la voz por encima del murmullo popular mientras su compañero de escarnios se lanzaba decidido contra los molinos – ¡Otra ronda de lo mismo si a vuesa merced, excelencia de los destilados, tiene a bien atenderme!
Tres mesas, doce habituales, un futbolín, cuatro escalones con media barandilla y dos lámparas de billar más allá un bofetón cual latigazo de domador de leones escuálidos y mansos cruza la sala; y una falda con vuelo se alisa para no perder la compostura.
-Te ha dado bien. Ah Descartes, que gran lección la que acabas de aprender! Al menos no ha sido el otro, que si te pega con la mano cerrada no te salva ni un airbag.
-No ha sido para tanto. – Se frotaba la mejilla con dos dedos- Además por la cara que ha puesto yo diría que ha funcionado. Tenía cara de indignada pero con ojos de fingida y escasa inocencia. No es del pueblo, eso lo juro.
-Pues azota como las de aquí, misma técnica que las monjas del colegio.
-Qué más da… le ha gustado. Me espera al cierre, porque tenías que haber visto como me miraba al volver, Pitágoras.
-¿Quién, Descartes? ¿Quién te poseerá en lujuriosa maniobra hoy noche de luna llena?
-Él.
-Camarero! – Gritó con la indignación propia de los borrachos con copas vacías- Otra de lo mismo. Doble. Que falta le va a hacer a mi amigo. Eso, y mucha prudencia que la vía es estrecha.